Loft, frío loft.
“Que está soso, que está muy soso”. Comenta Julián cuando alguien pregunta que tal va la mudanza. Y no puedo más que asentir, tiene razón, claro que está soso, ¿cómo va a estar si aún me ando mudando? Cuando abres la puerta te saluda un silencio espeso y tétrico,
tétrico porque la puerta chirría al abrirla, dice Julián que es la bisagra y que el sábado sin falta le mete destornillador, tornillo y lo que haga falta. Yo sé bien a qué se refiere su “lo que haga falta”, seguro que a meter mano a la inquilina aunque puede que se refiera únicamente a la puerta, pero conociéndolo como lo conozco... No sé por qué no se echa novia de una vez.
El blanco pulcro de las paredes no ayuda mucho que digamos a dar calidez a la estancia, seguro que en cuanto ponga una macetita aquí y otra allá, va cogiendo color. Lástima que se me den tan mal las plantas y de plástico ni pensarlo. Todavía no sé cómo distribuir este gran salón que hace de todo. No lo sé. Me cuesta estar aquí. Recuerdo constantemente la otra vivienda, no puedo evitarlo. Ahora pienso en el poco tiempo que pasé en ella, ¡y fue bastante!, pero ahora se me antoja escaso, pobre, ridículo. Pienso en todo lo que pude disfrutar en ella y no lo hice por algunos vecinos que me mantenían alejada de la misma, que impedían que saliera más a menudo al jardín... más de una vez me encontré con el típico voyeur, y también estaba el listillo, el que todo lo sabía y al final no sabía nada, pero entre unos y otros fueron consiguiendo que pasara cada vez más tiempo fuera que dentro y que cada regreso, a veces, se me hiciera insufrible.
Y luego estaba el dueño del edificio. El dueño es un punto y aparte.
Creo que me enamoré platónicamente de él porque de lo contrario no entiendo mi comportamiento con él. ¡Yo!, tan lista, tan de vuelta de todo, tan de tan y era verlo asomar o intuir su presencia y ya me temblaba todo, mis movimientos perdían su gracia, tartamudeaba al hablar, bizqueaba a pesar de las lentillas... ¡un desastre!, y lo peor de todo es que siempre decía todo lo contrario de lo que pensaba decir, y sí decía lo que pensaba, y quería, me expresaba de manera tan lamentable que al final acababa enojada conmigo, con él, con todos y con todo. Y al llegar a casa la almohada era el testigo mudo de mi desazón. Echo de menos mi antiguo barrio. Y Lo echo de menos a él.
Creo que estos días voy a dedicarme por completo a este Loft, hay que darle vida de lo contrario, morirá.
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